martes, 29 de septiembre de 2009

LA RAIZ

“¡Que bien se está aquí! ¡Señor, hagamos tres tiendas! Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.”
Estas fueron las palabras de los Apóstoles, que acompañaron a Jesús en la transfiguración del Monte Tabor. No vamos a hablar aquí de este relato Evangélico, sino de algo más cercano como es la Raiz, el comentario viene dado, por que de manera similar se expresaron, quienes por primera vez pisaron una zona concreta de la mencionada hoja local, de igual forma, no daban crédito a lo que estaban viendo, se sentían como en un lugar mágico, gravitando, en una nube envueltos, también eran tres discípulos que acompañaban a un maestro que les mostraba parte de su conocidísimo secreto, a escala local y terrenal, la experiencia pudo ser similar a la de Pedro, Santiago y Juan, salvo que en el referido lugar, ya había tiendas, chozas o cabañas, contemporáneas a las que Pedro quería montar.
Difícil resultaría creer, que haya, un solo natural de esta villa, que no conozca algún dato, o que no haya oído hablar, de los secretos que encierra la Raiz, sin embargo, a pesar de la evidencia, o quizás por ella, nunca nos hemos preocupado por saber que es realmente lo que hubo allí.
Hemos palpado la Raiz, con manos y herramientas, pisado su suelo de valles y laderas, apagado en sus pozos, la sed de nuestras gargantas polvorientas, hemos convivido tan estrechamente abrazados a ella, sin ser capaces de apreciar, los tesoros que tan a simple vista nos muestra, incluso quienes se han criado bajo las milenarias piedras, que un su día albergaron los antiguos Castros, se muestran sorprendidos y extrañados, de tan antiquísimos antepasados, otros que por curiosidad se acomodaron en las concavidades de las piedras, les da repelús al conocer ahora, que se trata de auténticos sepulcros.

¿Quiénes eran estos moradores, de la Raiz, que tan visibles huellas han dejado?
Poco sabemos de ellos, a pesar de ser sobradamente conocidas, las famosas Santas sin asas, las barras o barrotes, piedras especificas como jambas, dinteles o ruedas, el oculto y reencontrado campanillo, repleto de monedas y otras menos conocidas pero autenticas leyendas, las diseminadas sepulturas, los perfectos círculos, pertenecientes a algún Castro, visibles desde el aire y desde el suelo, las tégulas y restos de cerámica esparcidos cual semilla, sus lagunas y como no, el Cementerio, los hornos, los pozos, los caminos que la cruzan sin dirección al pueblo, el cercado el toro con su tradición y leyenda y todos los demás cercados, hechos con milenarias piedras, si esas piedras hablaran, a buen seguro, nos contarían cual es nuestra procedencia.
Ante tan extenso legado, desde siempre nos hemos quedado de brazos cruzados, sin prestar atención a lo que allí ha pasado, quizás el carbono 14 pudiera aclararnos de que fechas estamos hablando, pero seria la fecha de esos objetos analizados, ya que anterior a ellos, seguro que hay algo más abajo enterrado.
Analizando someramente los datos y hechos que meramente conocemos, nos lleva al menos a la consabida presencia Vettona, siglo VII antes de Cristo, en la entrada de Laconimurgo encontramos algunas de las posibles causas que llevan a los Lacaos a la zona de la Reina, entre ellas la necesidad de ocupar un espacio, que resulta vital controlarlo, (esta necesidad, se repetirá en la zona de manera constante a lo largo y ancho de nuestra historia) de igual modo que los Lacaos se dirigieron aquí, podrían haberlo hecho hacia Milana, (junto a Moraleja) hubieran encontrado las mismas características en la junta del Árrago con la Rivera de Gata.
Los Vettones, son el primer gran pueblo, del que se tiene constancia documentada, en la comarca, y sin duda, dieron fuerza y vigor a esta zona, abrieron pasos con sus ganados, que más tarde se convertirían en cañadas romanas.
Pasan los siglos y la romanización hace mella en las estructuras Vettonas, luego llegaron los Bárbaros que no dejaron piedra sobre piedra, lograron destruir un imperio, pero no sus pueblos, estos perduran a las dominaciones con mayor o menor sacrificio, y quizás de aquellas vetustas cenizas Vettonas surgiera un nuevo pueblo.

¡Los Arragones!
¿Quiénes eran? ¿Qué hacían? ¿De donde salieron?

Cuenta Velo y Nieto, “que en el siglo V de nuestra era, los Bárbaros del Norte, aquellas tribus salvajes e impetuosas, penetraron en Iberia y al trasponer la Carpetovetónica y descender por las calzadas a la que más tarde se llamó Transierra, arrasaron cuantos poblados encontraron en su camino como Trasgas, Caparra, Tur-mulus (Alconectar).”
En este relato de Velo y Nieto, encontramos al antiguo Laconimurgo de siglos atrás, trasformado en Trasgas, y en esta romanización, transformación, o evolución, lógica por el paso de los siglos, puede hallarse el cambio nominativo, ya que Árrago palabra preindoeuropea y adoptada por los romanos, miles de años más tarde, que significa río nacido de la piedra, río de la altura y la piedra, río de la montaña, alto del valle o simplemente río, considerando que Alagón es derivado de Árrago, y prácticamente sinónimo del mismo, todos estos significados, cuadran perfectamente con nuestros queridos pobladores, que continuarían estando entre dos ríos, como era su costumbre, de ahí a denominarse, Arragones, puede que solo haya un paso, y fruto de la misma evolución, encontramos una de las posibles causas del asentamiento en la Raiz, y esta bien pudo ser, lo que más tarde se llamo villar o casares, es decir, poblamientos dispersos a modo de avanzadilla, bien para vigilancia del ganado o fruto de familias que se adentran hacia nuevas tierras que explotar, dándose las mismas circunstancias para su ubicación o asentamiento, la confluencia de dos cauces de agua, esto da pie y sentido a los pequeños asentamientos de la zona, la Raiz, la Cañada, el Mosquil, la Granja, la Isla, la Parra, todos comprendidos en un amplio abanico que se abre hacia el sur, arrancando desde los pies del antiguo Castro Vetton, bien pudieron ser alquerías del viejo Laconimurgo.
Conocemos la fecha en la que el Suevo Mirón ataca a los poblados y tribus asentados en la comarca del Árrago y sus aledaños, no pudiendo decir lo mismo del periodo de tiempo en el que se levantaron los mencionados poblados, sobre el que nos ocupa en la Raiz, por sus características y rasgos, cabria encuadrarlo en época tardorromana, siglo III o IV, (en la época tardorromana, el núcleo urbano sufre un abandono, causado por crisis socioeconomicas y se desarrollan los núclesos rurales más sencillos y más llevaderos) sin que contradiga el hecho de que pudiera ser anterior, tales consideraciones se fundamentan en el modelo de las sepulturas y en que este asentamiento ha llegado hasta nuestros días, en mejores condiciones que el viejo Laconimurgo, con signos más evidentes de poblamiento, cierto que al ser destruido aquel, y reconstruido en el medievo como Trasgas, resulte razonable en el, la falta de rasgos naturales, aquí sin embargo las huellas sigue candentes y son numerosos los signos que evidencian su pasado, siempre han estado allí, camuflados en el paisaje, semiocultos, agazapados, aletargados pero latentes, esperando que nuestro calor humano descubra su pasado.
Cuando Velo y Nieto, cita a los Arragones, “dice que eran una tribu seguramente Vettona, de pastores y guerreros, que se asentaron a pocos kilómetros de Coria, por lo que Caurienses y Arragones, serian del mismo origen.”
Hay quien considera que estos Arragones, están entre los pueblos estipendiarios que sufragaron el Puente romano de Alcántara.
Antonio Floriano Cimbreño y Matías Ramón Martínez y Martínez, coinciden en que se trataría de un pueblo que habitaba los actuales términos de las Batuecas, Hurdes, Coria y Plasencia, idénticas teorías que el Señor Fernández Guerra, tachadas de fantasías por los ilustres Señores de la Real Academia, Académicos que no dudan en afirmar que la muy mencionada y poco ubicada Ranconada, se encontraba en un lugar no determinado de la sierra de Gata, esto seria cierto, si la citada sierra llegara a orillas del Alagón, en las proximidades de Galisteo, aunque me temo, que ni tan siquiera sus estribaciones llegan tan lejos, por tanto, no todo lo que dicen los señores Académicos, ha de ser considerado como cierto, añade Matías. R. M. M, que la voz Árrago pertenece a una de las lenguas antiquísimas Españolas, sin que haya cambiado de voz, y refiriéndose a Coria “Caura” comenta que fue la antigua ciudad de los Vettones, en cuya comarca vivían las tribus de estos llamadas Arragones, que han dejado su nombre en el río Árrago.


Si el Árrago dio nombre a los Arragones, o estos al río, es algo que podría llevarnos al antiguo debate del huevo o la gallina, es más probable que el primero, de nombre al segundo, ya que Árrago significa basicamente, río de montaña, corriente de agua o simplemente río, de hay que aparezcan derivados de dicho hidrónimo, por diferentes puntos geográficos.
El hecho de que estas tribus semisalvajes (así son consideradas por algunos historiadores) tomara el nombre del Árrago y no del Alagón, más caudaloso y de mayor relevancia, ya que como hemos visto su área de influencia pudo superar dicho río, talvez se debiera a que el hidrónimo Alagón es derivado de Árrago, y como ya se ha dicho no ha cambiado de voz, no así el Alagón, el Árrago como tal, se encuentra delimitando dominios, al menos desde el año 1176, podemos verlo en la donación de Almenarella, que Fernando II hace al conde de Urgel Don Armengol, así como en las bulas de Lucio III 1185 y Urbano III 1186, en ambas citado dando nombre a una Iglesia, Santa Maria del Árrago, en 1226 aparece en el deslinde de Moraleja y Milana y en 1227 lo encontramos en el que más nos atañe, el de San Juan de Mascoras, (hoy Santibáñez el Alto) en la citada donación de Almenarella, aparece el Alagón, pero no como tal, si no como Alavón.
En el Cronicón Biclarense, de Juan de Bíclaro y en Historia Suevorum de San Isidoro, aparecen por primera vez los Arragones, ambos se refieren a que en el año 572, en el segundo de su reinado, el Rey Suevo Mirón, atacó y derrotó a los Arragones y Rucones, algunos historiadores se limitan a dar el nombre de los sometidos, sin concretar el sitio, de este modo y dada la versatilidad del hidrónimo Árrago, históricamente se suelen ubicar estos ataques en el norte de la península, en un área, que abarca desde Lugo a la Rioja, cada cual coloca las batallas en un punto, sin que haya mucha coincidencia de lugares, a cambio si coinciden en el motivo por el cual ataca Mirón, tratar de frenar o cortar un posible avance visigodo, si los dominios de Leovigildo llegaban a León, sin dominar la cornisa Cántabra, ya sean sus pobladores, Lugones, Rucones, Vascones o Arragones, estos pueblos ya eran enemigos del visigodo, por tanto ya habría un frente allí, Mirón no tenia necesidad de gastar sus escasas fuerzas en esa zona, resultaría más ventajoso dirigirse al sur de su reino, a la antigua Vettonia Cacereña, que en aquella época, también era considerada como una tierra de nadie, y allí se encuentra con Arragones y Rucones, en aquel año 572, se encontraba Leovigildo en lucha con los Bizantinos que ocupaban la Bética, y ante el peligro que para su reino tendría una victoria visigoda, el Rey Suevo, decide pasar al ataque y tratar de ocupar la tierra que con anterioridad había sido Sueva, (tras la marcha de los Alanos, los Suevos llegaron a dominar Mérida) el fin político del Rey Suevo, era establecer un tope defensivo en la antigua Vettonia, al borde mismo de la zona Bética, que garantizara la defensa de sus territorios, ubicados en el noroeste peninsular, de un más que probable ataque visigodo, con la victoria sobre Arragones y Rucones que deben sus nombres al Árrago y Rueca, respectivamente, el Rey Mirón, se apodera de un territorio que abarcaría gran parte de la actual provincia de Cáceres, estos hechos son contemplados en recientes estudios y dan más verosimilitud al ataque de Mirón hacia esta zona que a la Cántabra, tanto en la ubicación estratégica como en las posibilidades de éxito, iniciando de esta manera algo que más tarde seria una constante en esta zona, quien dominaba la Sierra de Gata y pasaba el Alagón, fácilmente llegaba al Tajo.
A parecidas conclusiones debieron llegar historiadores gallegos al afirmar que Mirón, en aquel momento, no tenia capacidad para atacar la zona del norte, con León ocupada por Leovigildo, y habría supuesto un suicidio, que no le reportaba nada a su reino.
Confirmar todos estos razonamientos sobre los Arragones, resultara difícil, no en vano llevamos conviviendo con los asentamientos desde siempre, ya que ellos fueron anteriores al actual Campo.
Las condiciones de vida que tenían estos Arragones, quizás estén semienterradas en nuestro subsuelo, esperando que algún día las desenterremos, pero no deberían variar mucho de la constante, que en la zona ha cosechado los mejores resultados, agricultura y ganado, con la salvedad de que vistos los enclaves, eran muy selectos y respetando el entorno tenían el futuro asegurado.
Tal vez todo esto nos valga, para valorar más lo poco o mucho que tenemos, para quitarnos la venda o descorrer el velo que nos impide verlos, para extender la mano y tocarlos con los dedos, siempre han estado allí, sepultados en nuestro suelo, sirviendo al campo de alimento, no es descabellado decir que la laguna Viciosa es de época romana, ni que los diferentes caminos que surcan nuestro suelo son milenarios y que en otras épocas fueron vitales medios de comunicación entre ambas mesetas y que por ellos transito la flor y nata de los respectivos tiempos.

La Raíz, no en el sentido que aquí le damos, sino acentuada como su voz indica, es una hermosa palabra, y bien podría hacer honor a su nombre y ser la raíz de nuestras vidas y de nuestra Villa.

La otra, la Raiz, sin acentuar como aquí se pronuncia, es con sus montoneras de viejas piedras, que tienen otro significado, distinto al que hasta aquí se le ha dado, sean Vettonas, Godas o Arragonas, ya no sirve decir, que son simples montones que los agricultores han juntado, de haber sido así, lo habrían echo en uno solo, no tan juntos y concentrados, con sus antiguos caminos, sus hornos, sus circulares castros, sus saqueadas y vilipendiadas tumbas que claman en el silencio, son sin duda alguna, nuestro mayor tesoro y nuestro gran legado.

Las invasiones godas terminan cristianizando la integridad del suelo patrio, a estos le suceden los Árabes, y tal vez los muy cristianos pobladores se vean en la necesidad de refugiarse sierra adentro con todos sus bártulos, dando lugar a similitudes que bien pudieron afectarnos, pero eso es otra historia, que requiere otro marco.
E. Moreno.


A continuación, más que leerse, casi puede verse el relato de las expediciones, contado por uno de los expedicionario.


TRAS LAS HUELLAS DE NUESTROS ANCESTROS

“ La Ray”

Cuatro incondicionales amigos, una breve conversación y a la mañana siguiente, apenas, las últimas estrellas terminaban su misión, satisfechas se retiraban y cedían el testigo al alba, fuimos al encuentro de nuestra historia.
Aparcamos el coche bajo una achaparrada y vieja encina, tupida de ramaje y de perenne sombra del fin de la dehesa, al lado de Santa María de Gracia.
Desde allí iniciamos la ansiada marcha, bautizando un nuevo sendero por el camino de la Torre hasta el final de la “Ray”.
A medida que nos adentrábamos en el camino se despertaban en nuestro interior multitud de sensaciones, recuerdos, intrigas, historias que inconscientes, salían de nuestras bocas como impulsadas por fuerzas externas que emanasen del interior del propio camino y que utilizase nuestra voz como instrumento para calmar su primitiva sed de comunicación.
Y así llegamos al olivar, al extenso olivar. Sentí una enorme sacudida y un vuelco del corazón, el instinto me decía, ¡salta la pared que están ahí! que su larga, secular espera debe terminar. Se lo comenté a Miguel Ángel, pues Eduardo y Gonzalo iban unos pasos más adelante, a ritmo de experimentados marchadores, imposible seguirlos.
Se impuso su lógica.” Si nos ponemos a buscar las dos tumbas graníticas y antropomórficas del Olivar perdemos toda la mañana, mejor será que quien ya las ha visto nos diga el lugar exacto o nos acompañe otro día”.
Llegamos a la laguna de Valle Ancho, justo al lado izquierdo del camino, quisimos verla y fotografiarla, por comprobar algún vestigio de su origen romano pero, entre que está vallada, y unas máquinas la estaban limpiando con la consiguiente polvareda que ello ocasionaba, la supusimos vacía y desistimos. Es un año por estas tierras campusas de sequía extrema y así nos lo manifiesta el desnudo y polvoriento paisaje otrora rebosante de diferentes alfombras verdes y ocres, salpicadas de fragantes morados y exuberantes amarillos.
A partir de aquí, el camino, inesperadamente, se nos complica debido al exceso de polvo que otras máquinas en su trabajo por acondicionar otros caminos ocasionan, no es que fuésemos delicados, es que por momentos nuestros pies quedaban sepultados hasta las rodillas.
Mas nada nos arredraba ni nos quitaba el afán por encontrar esas tumbas tardorromanas o visigodas que aún yacen por estos nuestros lares y que, parafraseando a Bécquer, permanecen dormidas en el ángulo más oscuro del tiempo y como el arpa vieja, aún esperan que una mano de nieve las traiga a la luz para estudio, historia y orgullo de nuestro pueblo.
Así que saltando las vallas de las fincas y ya a campo través, ya siguiendo estrechas veredas y siempre orientados por el arroyo, llegamos a lo que creímos, era nuestro destino, albergando la esperanza de encontrar por allí algún amigo o conocido que nos diese información válida Todos los esfuerzos fueron valdíos, a cada llamada escuchábamos por respuesta el poderoso ladrido de los perros pastores que de improviso surgen por cualquier lugar en defensa de sus vacas u ovejas.
Y entre bromas y risas al respecto, por el canguelo de Miguel, seguíamos al más valiente, Eduardo, que parecía tener cierto dominio sobre tan valerosos defensores de su territorio.
Discutiendo entre nosotros si era más acá o más allá y mientras vagábamos por diferentes sendas y veredas , en la cima de un cerro observamos un pequeño cercado circular cuya pared está hecha de vetustas piedras y encabezado por un tinado de construcción actual. Intrigado le pregunto a Miguel Ángel: - ¿Estás viendo lo mismo que yo? - Jamás escuché una respuesta tan lacónica y tan elocuente y deseada a la vez - Sí, esto fue un castro celta - Por unos instantes quedamos inmóviles, pasmados, así entramos en el corral y sin terciar palabra, emprendimos la marcha de regreso, esta vez por oros caminos que también nos llevan a la ermita. Eduardo y Gonzalo siempre adelantados, de vez en cuando nos buscaban con la vista y proseguían.
Por fin articulamos unas frases: - No hemos encontrado las tumbas, pero lo visto puede ser una bomba, - decía Miguel, mientras localizaba las coordenadas del terreno con su tomtom.
- No hemos perdido el tiempo, ya sabemos dónde está esto. Hay que ampliar la información - insistía.- El jueves que viene volvemos.- le respondí. y como se dice en nuestra tierra, Dándole vueltas y más vueltas a la parva, llegamos al coche colmados de satisfacción y la alegría ,que no el cansancio, reflejada en nuestros rostros .
Efectivamente, el jueves por la mañana, un poco antes de las ocho ya me esperaban Miguel Ángel y su hermano Felipe, Esta vez no hubo marcha sino prisas por llegar y aprovechar la fresca de la mañana, así que, en el coche de Miguel Ángel hicimos todo el recorrido. Conforme subíamos el cerro, por la otra ladera asomaban, cada vez más enteras las somnolientas ovejas y tras ellas, comenzando por el sudado sombrero, iba apareciendo como por entregas la figura alta y enjuta de su nunca mejor hallado pastor.
Saludos preliminares y breve charla sobre nuestras intenciones - Bueno- tendré que hacer esta mañana de guía turístico - y las ovejas quedaron en total libertad.
Comentamos lo del corral y quedo sorprendido cuando manifiesta de sopetón y sin ambages.- Aquí vivieron los celtas. Esto no es nada para lo que vais a ver- y sin tiempo para la reacción, desde la tinada, ladera interior hacia abajo y a tiro de piedra, nos muestra una peña de pizarra a la que raudos acudimos, movidos por el deseo irrefrenable de encontrarnos con el remoto pasado.
De improviso aparecen dos tumbas cinceladas en la propia pizarra una grande y otra pequeña, poco profundas, ambas rectangulares de forma irregular, quizás por su condición rústica y sobre todo por la erosión a la que han sido sometidas por el paso de los siglos.
Describir lo que en esos momentos sentíamos se me antoja difícil, hay ocasiones en las que las palabras no te llegan, probablemente, porque no las haya. Además, el espectáculo siguiente lo teníamos tan al lado, tan a continuación que no habías asimilado el anterior y ya estabas envuelto, embebido en el siguiente.
Sólo había que levantar la mirada y… allí estaban, en ruinas pero ordenados, como sus primitivos dueños los idearon. No sé cuántos, bastantes.
Perfectos círculos de diferentes superficies en cuyo derredor caídas como fichas de dominó concatenadas yacían sus milenarias piedras.
Extasiados primero y excitados después sólo acertábamos a decir –Son perfectos castros celtas. Es un poblado celta.
Me vino a la memoria que alguna vez hablé de esto con paisanos mayores conocedores de estos parajes y me hablaron de “Chozos de piedra redondos muy antiguos, por lo menos de los moros”. También que por aquí sacaron “algunas columnas, piedras como ruedas…”
Con la mirada y sin decir nada buscaba algún resto de posible muralla no la vi, pero, sí me extrañó que estando tan lejos del pueblo muchas fincas estén cercadas con paredes de piedra.
Cuando nuestro amigo Pastor creyó ser suficiente y a su voz, subimos a los coches, atravesamos la Parra y llegamos a la orilla del pantano, justo a la zona llamada Toconales, porque allí se funde el arroyo Toconales con el pantano y transcurre debajo de él hasta el río.
Llegamos a la isla de los Guijarros, tanta es la sequía que por primera, vez los Guijarros han dejado de ser isla.
Nunca lo vi y estuve al lado muchas veces, debo decir que nunca estuvo el pantano tan bajo. Mucha arcilla diseminada por el suelo, alguna piedra característica y cimientos de lo que fueron pequeños edificios. Desde allí nos dirigimos a la isla grande que también dejó este año de ser isla. Entramos por Lazareto, hasta las pizarras, no tardamos mucho en encontrarlas.
Ya no son ni siquiera ruinas, debido a la erosión, principalmente del agua cuando son anegadas y más al expolio al que han sido sometidas. Lo que vemos es una zona con abundantes fragmentos de arcilla, tégulas y algún cimiento con ladrillos macizos, más grandes y toscos que los actuales, piedras sueltas de granito , trabajadas, vestigio de alguna columna , portal o pilar ,y entre ellas varias tumbas hechas también con piedras de granito, rectangulares. Una piedra por cada lado, casi todas rotas y visibles de ellas sólo los pocos centímetros que salen a la superficie.
La visita fue corta, pero, ilustrativa e interesante. A nosotros nos ha tocado informaros gustosamente de ella, a otros les corresponde la investigación científica para situarla en el marco histórico que le corresponda sin que por ello dejemos de profundizar en la misma.
Regresamos a la “Ray” y mientras nuestro amigo pastor atendía a sus ovejas deambulamos por unos redondeados cerros a unos cinco minutos de los castros, descubriendo diminutos fragmentos de arcilla, presumiblemente aún más antiguas que las de la isla, señal inequívoca de que allí también se forjó la vida de nuestros primitivos antepasados.
Al cabo de un rato y terminada su momentánea tarea con las ovejas, llega hasta nosotros, reanudamos la marcha y después de algunos minutos en coche por el camino cada vez más amigo fiel y confidente, llegamos a una finca de vacas y allí nos señala lo alto de un cerro y allá que vamos sin saber a qué, pero pronto lo descubrimos. A un lado de la peña y semienterrada por la paja, la tierra y el tiempo, otra sepultura labrada en la pizarra a golpe de cincel y martillo gemela de las dos primeras, pero, quizá más entera, ya los primeros sobresaltos los sufrimos en los primeros hallazgos, pero también aquí la emoción nos llegó mientras la contemplábamos.
Nuestro amigo Pastor, en un alarde de generosidad, nos llevó a a ver otras dos tumbas más, esta vez ocultas entre jarales y por lo tanto llenas de maleza, pero, fácilmente distinguibles. Desde allí fuimos a un pozo, en otro tiempo lugar donde calmar la sed ganaderos y agricultores, bien bajando por las poyatas al nivel del agua o con la consabida soga de esparto, también era el abrevadero de animales, ahora no está el agua “seguía” y sí llena de sapinas. Son los tiempos.
Descansamos brevemente, pero la hora se nos echaba encima. Nos quedaba por ver unas tumbas antropomórficas de granito y los hornos, para las dos cosas no había tiempo, así que dejamos para otra vez las tumbas, ya habíamos visto suficientes y optamos por ver los hornos y allá que nos llevó.
En una pequeña vaguada y al fondo de la misma, sobresale picuda, una gran mole de pizarra y de frente según llegas, como ojos avizor, centinelas de la peña, dos grandes huecos horadados en la misma por la mano del hombre. Sus formas son asimétricas, buscando, tal vez, más la flojera de la piedra que la uniformidad del agujero. Me llamó la atención el diferente matiz del azulado de la pizarra, el del interior de los hornos es más pálido y blanquecino que todo el exterior, es un detalle cuya explicación dejo a los expertos, sin embargo pensé si más que manipular alimentos ,estos hornos en realidad tienen algo que ver con los crisoles para fundir metales .
Así terminó la primera visita a la Ray, conscientes que esto sólo ha sido el principio, que queda mucho por ver, muchísimo por descubrir. Que por esta zona y toda la ribera izquierda del río, desde la Junta hasta la presa, formando un triángulo con la ermita se forjó la historia Antigua y Media de nuestro pueblo y hay vestigios que aún lo atestiguan.
Y ahora surgen repentinas como relámpagos fugaces e intermitentes las preguntas que todos nos hacemos: ¿Quiénes fueron estos pobladores? y no nos es suficiente con la respuesta Lacaos, vetones, arragones, romanos, árabes o visigodos. Debemos ir mas allá, al hecho concreto y reducido de esta comarca.
¿Qué poblados, aldeas, o ciudades se fundaron, hoy desaparecidas en estos lugares?
Preguntamos por sus formas, costumbres, su vida, sus ritos...
Insisto. A nosotros nos ha tocado en suerte, desencantar estos embrujos para conocimiento de quien los lea. Es a otros, principalmente a quienes corresponde daros la respuesta científica e histórica, lo que no quiere decir que nosotros no sigamos en el empeño.
Y regresamos a casa, nos hicimos las fotos de la inmortalidad los cuatro entusiastas advenedizos, dejamos a nuestro amigo Pastor con sus nuevos quehaceres, no sin antes expresarle las más sinceras y profundas de las gratitudes. No es cuestión de profesar aquí y ahora loas y alabanzas en su favor, pero hay días que quedan marcados para siempre en tu vida. Cuando toda tu actividad en el mismo te llena y a la par vas descubriendo paulatinamente y personificadas, la sencillez, la bondad, la dignidad, la sabiduría en toda su pureza, la amistad simple y llana, la entrega y el servicio desinteresado, aderezado encima en un ambiente de bucolismo tal, que para sus églogas lo hubiese deseado nuestro príncipe de la lírica, el poeta Garcilaso de la Vega.
Pletóricos de satisfacción, regresamos al pueblo quedando previamente, para dar cuenta merecida del frescor de una cerveza, que luego se prolongó en una gratísima partida de mus, conscientes de que las vacaciones inexorablemente están a punto de decirnos adiós, pero el correo electrónico hace milagros.

RAFA


ALBUN FOTOGRAFICO DE LA RAIZ















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